martes, 14 de febrero de 2012

Prólogo.

Una hoja e papel rota en mil pezados ubicada a los pies de los llantos de una joven. El miedo y la rabia se apoderan de ella, llevándola al extremo de la angustia y a la puerta de la soledad. Tal vez sea su orgullo o tal vez simplemente el querer y no poder. Suspirar. La muchacha se sienta de nuevo en la cama, intentando que su mente termine de creerse lo que acababa de ocurrir. Pensando en las líneas de aquella carta, ahora rota, y analizando los sucesos. El miedo a equivocarse o a haberse equivocado. Deshubicarse. Querer huir. Y querer gritar. Chillar. Volverse completamente loca. Desafiar a esa cobardía, pero no puede. Estaba segura al cien por cien de que ese sería el definitivo. Su memoria le jugó de nuevo una mala pasada haciéndola recordar buenos momentos pasados. No hay nada más triste que un recuerdo feliz. Saber que ha pasado y no volverá a pasar. Le quería. Y le quiere. Y no tenía otro día para tirarlo todo por la borda que el día de San Valentín. Duele pensar que lo que creíste que fuera a ser eterno termine sin previo aviso. Sin alguien que te diga que vas a sufrir, que te prevengas. Sin una corazonada anterior. Sin una sospecha. Vivir cegada puede que haya sido su mayor error. O simplemente enamorarse. Ahora las cosas han cambiado. Se secó las lágrimas de los ojos, de nuevo. Adríán había sido su pasado y su actual presente, y nunca pensó que aquello llegará a su fin. Pero a veces las miradas lo dicen todo y las cartas te lo aclaran. El único problema debió ser que ella no captaba el mensaje.

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